Celeste: la fotógrafa que aprendió a mirar antes de disparar

Hay pasiones que no nacen en la infancia ni vienen heredadas. La historia de Celeste empieza de forma casi rocambolesca: en su casa nunca hubo una cámara. Había hecho fotos, sí, pero jamás se había comprado una. La fotografía no era un plan, ni siquiera una idea lejana. Era, simplemente, algo que aún no sabía que la estaba esperando.

En aquel momento, Celeste trabajaba en La Herradura, en un entorno muy alejado de estudios creativos o flashes. Pero la vida —que tiene un sentido del encuadre impecable— puso en su camino a las personas adecuadas. Su jefe era buzo, un enamorado absoluto de los fondos marinos, y tenía clientes dedicados a la fotografía submarina. Celeste empezó a escucharles hablar de fotos con un amor que le llamó profundamente la atención. No hablaban de “disparar”, hablaban de mirar. De todo lo que hay detrás de una imagen.

Y fue entonces cuando esta reconocida fotógrafa de la Costa Tropical decidió comprarse su primera cámara e iniciar su formación en fotografía. Lo hizo sin grandes pretensiones, sin expectativas de futuro. Solo por experimentar. Y desde el principio tuvo claro que su mirada iba a ser diferente. Aunque ella se define como una persona tímida, paradójicamente, hoy su trabajo conecta precisamente con lo humano.

Su forma de ser la llevó a buscar lo natural, lo que no se fuerza. Fotografiar sin invadir. Captar la esencia. Porque, como ella misma explica, «en cada fotografía hay algo de quien mira«. En la manera de observar, de intuir el momento, de decidir cuándo sí y cuándo no. La fotografía, para Celeste, no es técnica: es identidad.

Guardar recuerdos como oficio

Hay una idea que atraviesa todo su trabajo como fotógrafa en la Costa Tropical y que explica por qué ama tanto lo que hace: guardar recuerdos. Eso es, al final, su oficio. Alguien le dijo una vez algo que se le quedó grabado para siempre: “Así como un poeta busca trascender a través del arte, tu fotografía trasciende a través de tu mirada”.

Y ahí está la clave. Cada imagen es un pequeño acto de trascendencia. Un pedacito de tiempo que no se pierde. Porque en cada fotografía hay algo del fotografiado, sí, pero también un poco de quien está detrás de la cámara.

Si tuviera que decantarse por algunos de sus trabajos diría que la fotografía artística y el autorretrato le apasionan. «Además me siento muy cómoda trabajando con embarazadas y niños porque en esos espacios encuentro una conexión muy honesta», dice.

Porque si hay un denominador común en todo el trabajo de esta gran artista de la fotografía y lo que la inspira serían las personas. Escucharlas. Observarlas. «Suelo escuchar más de lo que hablo», se sincera. «Intuyo quién es una persona bonita por dentro, y eso me mueve a crear», explica.

Y es que, para ella, la fotografía es tan profunda que no siempre se puede explicar. Es salir dos minutos al bosque, mirar el mar, observar la naturaleza y sentir algo casi mágico. Es una forma de estar en el mundo. Porque Celeste no solo hace fotos. Mira con intención, guarda memorias y devuelve a todo aquel que tuvo el placer de trabajar con ella algo muy especial: historias reales, hechas con sensibilidad, tiempo y verdad.

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